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Giuseppe Verdi y Salvador Dalí.
La
hora había llegado, tarde o temprano los cielos se oscurecerían para dar paso
al cambio definitivo, ni los astros ni los oráculos alguna vez lo predijeron,
pero ya era el instante preciso donde todo cambiaría y lo material dejaría de
ser.
Las
tormentas arreciaban en una furia inexpugnable, mil trompetas sonaron al
unísono y las almas en su búsqueda de trascendencia parecían desvanecerse, la
vida y el mundo empezaban a moverse en un lúgubre desfile hacia la liberación
total, y no quedarían vestigios de humanidad en ninguna parte.
En
el centro de lo que quedaba de planeta, desde las entrañas surgía una figura
semi inerte y desvanecida irguiéndose en un espacio iluminado por los que
serían los últimos rayos del sol.
El
cuerpo desnudo del último humano en aparecer en medio de la nada yacía como
sacrificio desafiante a los cielos y su devastadora furia, era el Cristo, que
llegando como último respiro y vestigio, se liberaba de la pesada carga del
tiempo y la materialidad y cerraba el ciclo mortal de este planeta.
En
su elevación cósmica, no hubo más rayos del sol, y el tiempo lentamente se iba
deteniendo para dejar de avanzar, bastaba dar la señal y el día de la ira
acabaría con todo lo que alguna vez fue y quiso ser.
Cristo,
como el redentor encargado del final de la existencia, en un instante levantó
su cabeza suavemente con una mirada insegura, exclama casi como un bufido con un último aliento la pregunta ¿Por Qué? y dando una última mirada al negro cielo, sabiendo qué
hacer, cerró los ojos para definitivamente iniciar la trascendencia a las
estrellas, y de ese momento el infinito perpetuaría la nada.
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