sábado, 23 de noviembre de 2013

No-Farewell


Camilo Durán Tapia

Dicen que los marinos dejan un amor en cada puerto. Y puedo decir, con cierto pesar que tal afirmación, tal vez difamatoria no siempre es verdadera.

En mi corazón sólo habita una mujer, ella me conoce y me apoya a cada instante, sus cadencias y movimientos pausados me relajan en su seno amatorio. En estos largos viajes surcando la vida, con variados objetivos, nunca sabrá si volveré vivo. Pero ahí está, con una sonrisa y su mirada sincera esperando recibirme.

Es verdad, al llegar a cada nueva tierra son muchas quienes se nos acercan y nos entregan su pasión de hembra a cambio de un poco de compañía y un par de historias de tesoros. Pero puedo jurarles señores que de todas las camas que he visitado, ninguna me ha enamorado y mucho menos interesado.

La culpa es de ellas que asumen en un compromiso casi infantil que uno regresará del horizonte, encallará su barco para siempre y se someterá a una ilusión mundana de amor humano, no me hagan reír.

No señores, me he acostado con miles, pero jamás he sentido una pizca de amor por alguna. Mi viejo y cicatrizado corazón de marino tiene una sola dueña, que estoy seguro que cuando llegue el día de mi muerte, entre sus brazos me va a recibir y me mecerá hasta perderme en ella.


Soy un viejo marino, conozco el mundo de punta a cabo, cada una de mis cicatrices puede contar mil historias y jamás he derramado ni una sola lágrima. No soy de cuentos ni ilusiones, pero se que mi destino está saldado, y cuando al fin llegue al fin de mis días, habrá sólo la caricia suave de mi mar amado.

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